Café esquina Independencia. Veracruz puerto.
Tengo el mismo escenario otra vez. Acabo de sentarme, no hay otro testigo mas que una servilleta y yo. La atmósfera sigue húmeda, aun puedo sentir las gotas olvidadas de una lluvia deleznable y fugaz. Vuelvo a palpar el respaldo de mi asiento, aun tiene lo que rayé. Martha, la sonriente joven, se percata de mi presencia. Se dirige a mi sitio con tremenda sonrisa dibujada en su rostro. -¡Dana! – dijo –¡Llegas tarde!. -Lo sé – dije con indiferencia. -Pensé que no te vería hoy. -La lluvia me retrasó – dije sin mirarla. -¿La lluvia? – cuestionó con extrañes. -Sí – dije tajantemente. -Pero… a ti te gusta la lluvia y… - tartamudeó. -¿Tienes el café? – interrumpí. Hizo una mueca de descontento y se dirigió al recipiente caliente. A toda prisa, como si se tratara de aflorar mi enojo, me sirvió la taza acostumbrada y se fue a servir a las mesas de junto. Observo mi taza con impaciencia, el café tiene el color mas oscuro hoy, al menos antes de verterle la crema. Por extraño que parezca no lo preparo, y a pesar de mi necesidad me quedo ahí, viéndolo humear, algo ocurre conmigo hoy. Se muy bien lo que es, pero, no quiero recordarlo. El café esta oscuro, sea casualidad o no, pero hoy se muestra similar a mi estado de animo. Levanto la mirada, alguien me observa con preocupación, es Martha. No hago caso y vuelvo a mi punto de mirar un café negro. De momento y al instante la gente a mi alrededor se sobresaltan y se levantan de sus lugares, como si se oyera un clarín de guerra. Las que sirven levantan los platos llenos de suculenta comida e invitan a sus clientes a pasar dentro donde seguro estarán a salvo de ser acuchillados por gotas puntiagudas de un torrente lluvioso. A toda prisa Martha se acerca a mi rescate. -¡Dana, vamos entra! – gritó -¿Por qué? – pregunté con extrañes -La lluvia esta algo fuerte. – me explicó – Te mojarás. -Lo sé – dije sonriendo – Ya lo necesitaba. -Pero… -Así es mejor. ¿no crees?. Contestó con una sonrisa y pasó dentro. Me quedé sola, en mi silla de siempre. Tras el cristal que divide el restaurante, las personas, adultas la mayoría, me observan con curiosidad. Tengo mi taza con líquido negro frente a mí y una lluvia vengativa golpeándome la espalda. Estaría de mas explicar que al dogma encargado del cielo, no le agradó que un aether le huyera a la lluvia de modo tan humano. Por lo tanto, mandó un ventarrón par asentir culpa. Con este nuevo escenario, decido sorber café negro y amargo, café en su máxima consistencia. Y así con este sabor en la lengua opto por escribir en la servilleta mojada el sentimiento encontrado por aquel que me tiene así. Ese sentir me invadió hace un mes exactamente. Ocurrió en la entrada de mi torre, al pie de todos los escalones que dirigen a mi ventana. Era el final de un sábado. Nos encontrábamos frente a frente. Yo tenia el horario encima, sabia que mi progenitor no le agradaría la hora de mi llegada. Tenia que ser una despedida apresurada, el lo sabía, pero dentro de nuestras miradas había asomos de complicidad. Ambos lo sabíamos pero no nos atrevíamos a decirlo. -¿Nos vemos mañana? – preguntó mientras me abrazaba. -Por supuesto – conteste besándole la mejilla. El me besó la mejilla también y por alguna circunstancia o por obvio que parezca, lo volví a besar. Él respondió de la misma forma. El silencio atrapó nuestras mentes, no había espacio para pensar, mas que en nosotros y esas cosquillas dentro del estomago. Las risas encontradas nos hacían sus presas y nosotros nos doblegábamos a las circunstancia, y de pronto, mis labios se toparon con los suyos. Cerré los ojos y las risas mentales cesaron. Solo éramos él y yo. Sentí como mis alas se sacudían bajo mi ropa y como nos hacían levantar unos centímetros del suelo. Aquel ruidillo que hacían las plumas al rozarse me hacía olvidar el juramento que le hice a Wanda de no enamorarme otra vez. Siquiera recordaba el lugar donde me encontraba. Tan solo sentir la esencia misma de sus labios rozando los míos. De pronto, él se detuvo, bajamos a suelo firme y me miró fijamente. -Nos quedamos en continuará – dijo riendo. -Nos vemos mañana. Frente al mar – agregué. Me tomó la mano y deslizó sus labios en ella suavemente. Yo quedé sonriendo, sin moverme, aun sintiendo el último beso en mí. Y así me mantuve hasta que su silueta giró la calle.
Sí, recuerdo claro tengo en mi mente de aquel sábado y puedo hacer toda una descripción de los días que le siguieron. Todos con gran cavidad amorosa, frases saboreadas por los oídos. Situaciones verdaderamente jocosas y graciosas. Momentos llenos de ansiedad antes de verle y cólera cuando no le veía. Hubo días que no podía despegarme siquiera de su piel. Y otros mas intensos, donde el sentido del placer mismo nos convertía en humanos débiles uno al otro apasionadamente. Los átomos en nuestro espacio se hacían cada vez menos, los dos consumíamos nuestro aire y nos mirábamos agitadamente. Pero, también hay días extraños, aquellos que no terminan de amanecer. Días en que algo le aqueja y no encuentro las palabras para consolarle. Días en que el esmero por sentir susurros al oído desaparece por no escucharlo. Días en que de nada sirvió haberse tintado los labios ni sombrearse la mirada, porque no habría elogios para ello. Quizás, son días en que no hay emotividad, en que no hubo buena cosecha de café o la historia de un bolígrafo roto de algún escribano tintando fracaso. Sea cual sea el motivo original para un trunco amanecer, esos días en realidad me aquejan, taladrando mis sentimientos y llamando las lagrimas. Días que terminan con las paredes negras y mejillas húmedas. Es un cólera por no saciarme de ti. Obsesión y adicción recae en tu imagen y provoca en mí pensamientos y obras dramáticas e irreales. Lo que temí sentir, esta ocurriendo. Es inevitable. Me has domesticado, por lo tanto tendrás que perdonar cuando mi impaciencia toque la puerta de tu tranquilidad. Domesticada estoy y así me siento. Anhelo tu presencia, respiro tu cercanía y lloro tu partida. Hoy, treinta días con sus noches, después de aquel sábado, delineados en estas hojas, con una cuidadosa tinta y tacto tomados de mi sentir y pensamiento. Es la etapa de un miedo e inseguridad; temor por abrir la puerta y encontrar a la soledad queriendo atraparme. Cuando respiro tu cercanía me siento placida y pacifica, pero la tranquilidad se desvanece cuando noto tu ausencia. Y hoy, treinta amaneceres después, pienso y no pienso en todo; me falta seguridad. Tristemente me golpea la verdad, la advertencia de no ilusionarme otra vez. Por no volver a cerrar otro capitulo, ni otro libro. Estas páginas son nuevas, sedientas de beber tinta y saborear letras pensadas en ti. Me impulsa el amor, y él es quien me hace escribir. Mis dedos no paran y son dictados por mi corazón. Y aunque sé que dolerá cuando decidas terminar, hoy y en este momento quiero escribir en ti. Sin embargo la duda persiste y me abraza. La inquietud que me perfora cuando divago en tu ausencia, me hace pensar que quizás e llegado a tus paginas en un mal momento. No tenias hojas disponibles, o la vida humana no te permite darme el lienzo donde yo deslice mi pincel. Si es así; si mi bolígrafo persiste tanto en rayar donde no hay hoja, mándame una señal primaria, una bofetada para despertar de un sueño irreal, quizás. Hazlo saber antes de que utilice una pluma de mis alas, porque cuando esto ocurra, difícil será dejar de escribir. Lo que temí sentir, está ocurriendo, me estoy enamorando y temo que duela como antes, pero, en esta ocasión no esperaré algo a cambio, solo lo dejaré sentir; si yo esperara algo, el tormento pasado regresará y volveré a recaer en la melancolía de la cual salí, mejor amaré, previéndome que quizás no dure y que mi obsesión termine siendo un fastidio para ti; siempre ha ocurrido así. Confió en ti, confío en tus palabras. Soy exigente y no me doy cuenta cuando lo digo con mis labios torpes. Nunca e sido buena para hablar; nací para escribir y solo eso, y en estas tintas hijas de este café negro, trato de advertirte que te has topado con una mujer etérea y difícil, loca, contradictoria y sensible. Tu lo sabias y aun así decidiste escribir en mí, ahora te ruego que utilices una tinta especial, sacada de lo mas profundo de tu alma y la traces con inmensa exquisitez; yo, no dudo en que sí lo harás. Son días difíciles y raros, pero causan que te ame aun más.
La lluvia ha cesado. Las campanas de la catedral repican tras de mi. He terminado mi café; se acabó lo amargo. Martha se apresura a regresar a la gente. La miró tratando de anunciarle que necesito más café. Ella se vuelve a mí y lo nota. Me hace una seña regresando con el recipiente, y, mientras sirve me sonríe. - Y este café... ¿a quien le escribe hoy? – pregunta Sin dudarlo, con la nueva taza de café y con toda seguridad le contesto. - A Eduardo, por supuesto. |